domingo, 13 de septiembre de 2009

¿A qué huelen las putas nubes?

Cada vez que veo un anuncio de compresas me dan ganas de cambiarme de sexo.

Nunca he entendido muy bien la tarea de dichos anuncios, pues cuando vas al supermercado a comprar compresas, normalmente te decantas por las más baratas, que son las de marca blanca del Día. Además si hacemos memoria, seguro que nadie recuerda si un anuncio era de Evax o de Ausonia, que son las únicas que se anuncian. Porque ambas se dedican a hacer anuncios tontos. A ver, hagamos recapitulación:

Estaban aquellos anuncios “de autor” que dirigía la Coixet, en los que una actriz famosa vivía aventuras surrealistas mientras tenía la regla (gran momento para vivir aventuras surrealistas). También estaba aquel otro, odioso, en que una chica vestida de blanco subía a una azotea y se preguntaba “¿A qué huelen las nubes?” (sum, sum, sum, sum, sum, sum, sum, sum) AHHH!

Luego llegaron los de la mujer moderna, orgullosa de serlo, que camina por la calle con paso firme, (después de tomarse 2 ibupofenos), y una voz en off dice: “Me gusta ser mujer” (Ummm…..) Alguien debería matar al “creativo” publicitario que pensó que ese slogan es algo positivo cuando estás en “esos” días. ¿De verdad creía que a una mujer que está con el vientre hinchado, dolor abdominal, jaqueca y mala hostia le gusta que le recuerden que lo es? (Bueno, espero que el creativo fuese un hombre, porque si fue una mujer, la echamos del gremio).

Y aquellos en los que una señora vestida de rojo asaltaba a alguna pobre mujer, en un momento inoportuno, y le decía: “Hola, soy tu menstruación”. Yo he tenido pesadillas con esta señora vestida de rojo. En aquella época salía corriendo cuando veía a alguien vestido de rojo por la calle, mientras gritaba: “¡Nooo, si todavía no me toooca!”

También tenemos los de Tampax, que no hay que olvidarlos, donde sacan a unas chicas con unas faldas muy cortas bailando de forma incontrolable (después de tomarse 4 ibuprofenos). Y se empeñan en remarcar que el tampón no se nota. No lo notarán los demás, pero tu estás igual de jodida!

Ahora les ha dado por hacer anuncios musicales, eludiendo el kit de la cuestión, o haciendo una alusión “sutil”. Como ese en el que un montón de mujeres vestidas de blanco correntean por un prado verde, se tumban sobre una compresa gigante, y al darse la vuelta, ¡Tachan!, la ropa se vuelve ROJA. (¡Qué sutileza, madre de Dios!) Y ellas tan felices danzando y trotando por el prado al son de una cancioncilla ridícula. ¿Cuál es el concepto del anuncio señores creativos? ¿me lo pueden explicar?

El último anuncio que recuerdo es de la madre guay que lleva al hijo adolescente a una fiesta, y le aconseja que para ligar con la chica que le gusta, sonría y le enseñe su resplandeciente aparato de dientes. (No puedo calcular cuántos ibuprofenos se ha tomado la madre para dar esos sabios consejos…) El slogan es “Muy segura. Muy mujer”. Este es del mismo del “Me gusta ser mujer”, fijo.
He visto que este anuncio está creando furor en youtube, la gente hace su propia versión imitando al hijo adolescente que dice: “peroj si ej una fiesta”. (no es que sea hijo de Bono, habla así por el aparato). Seguro que el pobre chaval se ha tenido que exiliar voluntariamente del país para no soportar las burlas. ¡Ah, una vida tan joven truncada por un puto anuncio de compresas! ¡Basta ya de anuncios de compresas! ¡Acabemos con ellos antes de que sea demasiado tarde!

domingo, 19 de julio de 2009

La Coctelera

Acabo de hacer el viaje Barcelona-Madrid-Cuenca y vuelta. Es un viaje curioso, porque sales de Barcelona en el AVE supersonico que te deja en Madrid en 2 hora y media. Y luego haces trasbordo al Tren Regional utralento, que tarda cerca de 3 horas en llegar a Cuenca, (a pesar de estar al lado). A este Regional, algunos le llamamos “cariñosamente” La Coctelera, ya que te agitan durante todo el trayecto al ritmo del chachachá del tren. Esto es debido a que las vías, que son las mismas que pusieron cuando se inventó el ferrocarril, ya no son rectas, sino que tiene una sutil forma serpenteante.

Es difícil encontrar el lugar idóneo donde sentarse en La Coctelera y poder tener un viaje tranquilo. El vagón que menos se mueve es el segundo después de la cabina del conductor, pero como debajo va el motor, hay un ruido ensordecedor, sobre todo cuando acelera (bueno, eso es un decir). Los dos últimos vagones de cola tampoco están mal, porque normalmente van vacíos y te ahorras escuchar los cotilleos, a gritos, de la gente sobre sus amigos, enemigos y alguno que pasaba por allí. Luego está el problema del aire acondicionado, pues cada vagón es independiente y te encuentras unos tipo congelador industrial y otros tipo horno a presión; el termino medio todavía no lo han logrado. Pero sin duda los peores vagones son los que van unidos por esos fuelles gigantes, si te sientas en uno de estos vas bailando y saltando durante todo el trayecto. Es como viajar en un Vibro-Power, que es un aparato gimnástico en el que te subes encima y te hace vibrar para perder grasa corporal sin esfuerzo, también es posible que descoloque algún órgano interno, aunque eso no lo dicen en el anuncio.

En este último viaje me recorrí todo el tren buscando el lugar ideal, no lo encontré y me conformé con el menos malo. Eso si, lo bueno que tiene La Coctelera es que viaja poca gente, entonces puedes tener cuatro asientos para ti sólo: uno para sentarte, otro para la maleta y los de enfrente para estirar los pies. Así te puedes instalar cómodamente y dejar que el ritmo del tren invada tu cuerpo.

Precisamente, estaba pensando el otro día que La Coctelera va vacía porque no la saben publicitar. Si en vez de llamarlo Tren Regional, lo llamaran Tren Vibro-Power y lo anunciaran como:
“El único tren capaz de hacerte perder peso sin esfuerzo.”
Trayecto Madrid-Cuenca: 2 kilos y medio.
Trayecto completo Madrid-Valencia: 5 Kilos.
“Súbete al Tren Vibro-Power y consigue una estupenda silueta mientras viajas”
Descuentos de ida y vuelta. Y de regalo: una caja de aspirinas, un bote de reflex y un bocata de chorizo (para compensar).

Ya lo estoy viendo, será la bomba. Si alguno todavía no habéis pasado por la experiencia única de montar en La Coctelera, hacedlo antes de que se convierta en el tren de moda.


sábado, 13 de junio de 2009

La flauta proustiana

Hoy hace calor, tengo la ventana abierta y estoy escuchando las notas desafinadas de una flauta. Esos sonidos me han hecho volver a la infancia, cual magdalena de Proust. Y me estoy acordando de cuando en el colegio teníamos que aprender a tocar la flauta. Eran aquellas flautas amarillas de plástico que iban dentro de una funda naranja, ¿seguirán siendo así?

A mi se me daba fatal eso de la flauta, igual que a mi vecino, por lo que estoy escuchando. Recuerdo que cuando había que tocar una canción en grupo, a mi y a otra compañera, nos solían dejar la segunda voz, que normalmente era el acompañamiento de la canción, algo así como: “la, la, la, la, mi, sol, la, la, la…” y esas cosas poco complicadas. Aún así, siempre nos daba la risa en mitad del examen y emitíamos una serie de sonidos poco ortodoxos tipo: “lauufffptst”. Menos mal que las que hacían la primera voz nos salvaban del suspenso, eso si, luego pillaban un cabreo…

Cuando yo estudiaba, allá por el siglo pasado, los profesores de música no eran de música, sino de cualquier otra cosa. En los primeros años de escuela tuvimos a Doña Isabel, la profesora de gimnasia, que tampoco era de gimnasia, o al menos no lo parecía. Doña Isabel nos enseñó un código curioso para acordarnos de las notas: las corcheas se llamaban “mar-ga-ri-ta”, las blancas “pe-dro” y las negras: “juan”. Nos pasábamos la clase leyendo las partituras a ritmo de: “mar-ga-ri-ta, pe-dro, juan, juan, mar-ga-ri-ta, pe-dro….” Todo eso me parecía ridículo entonces, me lo sigue pareciendo ahora, aunque curiosamente es de lo único que me acuerdo de la clase de música. Bueno de eso y de la partitura de Noche de paz, que fue la única canción que me aprendí: “sol, la, sol, mi, sol, la, sol, mi, re, re, si, la, la, sol…” (¡Madre mía, que de spam tengo el disco duro del cerebro!, por eso no acabo la puta tesis). Luego mis padres, todo orgullosos los pobres, me hacían tocar la cancioncilla, con mi flauta de plástico, en la cena de Navidad delante de toda la familia. Apuesto a que a ninguno de ellos le extraña que yo ahora no me dedique a la música…

Pero Doña Isabel no fue la única profesora de música que tuvimos, luego vino Don Ramón, más conocido por el pitufo o el rata, variaba según la manía que le tuvieras. Éste sí tenía idea de música, estaba en el coro del conservatorio, y todos los años por Semana Santa cantaban El Miserere en las procesiones. Por supuesto, íbamos a verlo para reírnos: “Mira el rata, míralo cómo vocaliza”. Porque era muy pesado con eso de vocalizar. En clase teníamos que hablar vo-ca-li-zan-do, parecíamos tontos. Luego nos hacía hacer coros, los sonidos que salían de allí eran indescriptibles. Además era la época en que a los chicos les empezaba a cambiar la voz y de vez en cuando se escuchaba una voz cavernícola, como él decía. Recuerdo un día que para hacerse el enrollado dijo: “Hoy os voy a poner algo moderno”. Y nos puso un disco de Paco de Lucía. No hace falta decir que para unos chavales de 13 años Paco de Lucía era de todo, menos moderno, así que aquello no mejoró su imágen.

Bueno, pues hasta aquí llega mi trayectória musical. Si alguien se atreve a quitarle a mi vecino la flauta, os puedo tocar una versión experimental de Noche de paz.


lunes, 11 de mayo de 2009

Reincidente

He vuelto a ir a la peluquería… No aprendo, verdad?
En fin, el caso es que ahora parezco Jim Morrison, pero no voy a entrar en detalles de cómo he llegado este estado. Ha sido lo de siempre, yo quería algo fácil de peinar, (ya conocéis mis problemas con el secador y el cepillo redondo)... Y el peinado tipo CCCB que me hicieron en noviembre ha empeorado al crecer y ya no sabía como coño peinarlo, así que he reincidido. Sí, lo confieso, mea culpa!

Pero lo interesante no es mi nuevo look. De hecho, el espejo ya se ha acostumbrado a mis cambios de imagen y ha dejado de descojonarse de mi. No, lo interesante es que he conocido a una nueva especie de peluquero: El peluquero filósofo. Es una especie realmente extraña, probablemente en peligro de extinción.

El peluquero filósofo se ha pasado una hora explicándome todo lo relativo a lo humano y lo divino en el mundo capilar. Claro, yo le hacía preguntas, siempre hago preguntas capilares a los peluqueros, pero no estoy acostumbrada a que me respondan. Primero me ha explicado la diferencia entre un ahuecador, un moldeador y una permanente de abuela. Entonces, se ha puesto a filosofar acerca de la ética en el mundo del estilismo y sobre lo que no se debe hacer con ciertos pelos excesivamente finos, dañados o débiles. Luego, me ha contado su teoría sobre la relación entre las canas y el estrés. Ya, le he dicho yo, por eso todos los presidentes del gobierno acaban su mandato cargados de canas. “Exacto”, me ha dicho él. Después ha añadido que Einstein tenía el pelo blanco porque pensaba mucho. La base científica de esta teoría no está muy clara...
También hemos hablado sobre los ciclos de la luna y su efecto en el cuero cabelludo, él era un poco escéptico con la hipótesis de que si cortas el pelo en cuarto creciente, crece más rápido y viceversa. Aunque me ha dicho que algunas mujeres le habían comentado que cuando se depilan en cuarto menguante, el pelo tarda más en salir. Esto tampoco está probado científicamente, pero hay que tenerlo en cuenta.

Aprovechando la ocasión le he preguntado sobre una de las grandes dudas de la humanidad: ¿Por qué las abuelas llevan el pelo de color lila? “Qué buena pregunta!” me ha dicho. Y me ha explicado que eso es un “plis” (líquido viscoso) que se solía aplicar allá en los tiempos de Franco, parece ser que da al pelo más cuerpo y vigor. Por lo visto de vez en cuando les aparece por allí una yaya pidiéndoles el “plis”, porque la Mary, su peluquera habitual, se ha jubilado o se ha muerto. “Aunque ahora mismo no tenemos a ninguna”, me ha dicho. “Sí, la señora Puig”, le ha recordado la ayudante, que se estaba partiendo de risa con la conversación. Yo me he animado y le he explicado mi paranoia sobre las peluquerías Mary, que huelen a laca Nelly desde varios kilómetros; y las supermodernas, en las que no entras porque dan miedo. Me ha dado la razón, no se si por aquello de que el cliente siempre tiene la razón o porque estaba de acuerdo. Por eso, me ha dicho, su peluquería no era ni una cosa, ni la otra; sino algo para gente normal.

Me ha caído bien el peluquero filósofo, aunque me haya dejado como a Jim Morrison. Me ha asegurado que con los lavados y el tiempo el pelo irá cogiendo una forma natural. Eso espero, porque sino ya me veo en el metro cantando aquello de “Come on baby light my fire”… La ayudante se ha despedido de mi diciendo: “Encantada de conocerte”. Claro, se lo ha pasado en grande con las preguntas que le hacía a su jefe. O quién sabe, quizá ahora está escribiendo en su blog un texto titulado “La cliente freaky que preguntaba por el pelo lila de las abuelas”.

lunes, 20 de abril de 2009

El tesoro de los romanos

Hace tiempo escuche una anécdota sobre Danny DeVito en una visita que hizo a Madrid: Circulaba el hombre en taxi por la capital y allá donde miraba había obras y calles levantadas, entonces le dijo al taxista: “Espero que encuentren el tesoro”.
Aha!, pensé yo, ¿así que era eso? Claro, ahora cuadra todo, hay un tesoro escondido en algún lugar de la geografía española, ese es el por qué de tantas obras.

Esa también puede ser la razón para que los jubilados estén siempre mirando obras, pues su sexto sentido les dice que allí hay algo importante, y están esperando ver algo que reluzca para lanzarse en plancha sobre ello.

Luego, por casualidades de la vida he ido encontrando datos que avalan esta teoría. He conocido a un abuelito que trabajó en las primeras obras del metro de Madrid. Él me contó que encontraron enterrado un mosaico romano con lo que parecía el mapa de un tesoro. (Los romanos, claro!) Por supuesto el capataz se lo quedó y nunca volvieron a verlo, pero él, que tenía memoria fotográfica, volvió a su casa e hizo un dibujo. Yo lo he pasado por el Photoshop y le he añadido efecto mosaico, el señor dice que es muy parecido a lo que vio. Ha quedado así:



Hay una cosa muy curiosa en este mapa, que quizá no se aprecie a simple vista: Casualmente las líneas marcadas para encontrar el tesoro, son las líneas del metro de Madrid! Esa es la razón de tantas ampliaciones, túneles y subtúneles. Encontrar el tesoro de los romanos, no la movilidad urbana… Pero esto no sólo ocurre en la capital. El empeño del Ajuntament de Barcelona de pasar el AVE por debajo de la Sagrada Familia, ignorando toda lógica, es para buscar el tesoro, deben tener un mapa que lo sitúa allí.

Precisamente en Barcelona, otra casualidad me llevo a descubrir un nuevo mapa. En este caso, se lo encontró un vecino del Raval durante el rodaje de la película En construcción. Mientras filmaban la escena de los arqueólogos destapando las tumbas romanas, lo vio, y aprovechando la distracción de todo el mundo, se lo guardó en un bolsillo sin que nadie lo viera. Es este:



Aquí podemos apreciar varias cosas: Que los romanos llegaron por mar, que en realidad eran piratas, y que tanto el MNAC como el Palau Sant Jordi se construyeron en la época romana, muy al contrario de los que opinan los historiadores. Bueno, eso, o que el mapa es falso. Porque el tipo que lo encontró no ha conseguido dar con el tesoro, y eso que lleva años excavando la zona. Claro, se ha tenido que hacer constructor para no levantar sospechas.

Todo esto me hace sacar dos conclusiones. La primera que todos los gobiernos que hemos tenido en España sabían lo del tesoro y por eso se ha dedicado a agujerear el país. Ahora, con la crisis, la cosa se ha incrementado y quieren fomentar la obra pública, dicen, para paliar el paro. Y un huevo! Lo que pasa es que no quieren dejar ningún sitio por explorar, ahora más que nunca necesitamos el oro de los romanos. Igual que las obras del AVE, que se llama así por aquello de “Ave César!”, y que no es más que un plan masivo de búsqueda del tesoro por todo el territorio.

Y la segunda conclusión es que probablemente no hay ningún tesoro, entonces: o los romanos eran unos cachondos, o esto es obra de un artista conceptual, o bien los romanos ya eran artistas conceptuales. Como decían muy sabiamente Los del frente Popular de Judea en la película La vida de Brian: “Los romanos ¿y qué han hecho por nosotros los romanos?” Pues tomarnos el pelo!, eso es lo que han hecho. Seguro que César y Augusto se estarán descojonando en su tumba pensando: "Hispanian prigadus sunt" (o algo así).

Así que gobernantes actuales y futuros: ¡Dejad de buscar el tesoro!



lunes, 23 de marzo de 2009

La puta tesis

Hace siete años cometí el error más grande de mi vida: Empezar una tesis doctoral. ¿En qué estaría yo pensando?
Hacer un tesis es la cosa más desesperante que puede hacer un ser humano. El tema da igual, escribir 500 páginas sobre cualquier tema es demasiado. Y encima hacerlo con rigurosidad, precisión, valor académico, estructura adecuada, citas de otros autores que apoyen tu discurso, etc. Y todo ello sin utilizar una Arial del 14 a triple espacio (aunque hay quien lo hace), eso es inhumano!

Cuando te pones frente a las 500 hojas en blanco, te entran los siete males y buscas cualquier excusa para no ponerte a escribir. Como limpiar la casa, ordenar los libros por orden alfabético, sacar a pasear al perro del vecino, leer el Ulises de Joyce en versión original,… Y todo eso que es absolutamente necesario que hagas antes de ponerte a escribir la tesis. Esto tiene una palabra en ingles: “Procrastination”; que aunque suena a pecado relacionado con el sexo, significa: dejar las cosas para más tarde. (Como se explica en esta animación con la que me identifico, totalmente). Lo admito, tengo procrastination.

Al margen de esto, la trayectoria de mi vida, y mi salud, en estos 7 años es directamente proporcional a mi desesperación con la tesis. He hecho todo tipo de cosas para lograr salir de un bloqueo mental. Empecé por tomar flores de bach, que son una gotas de hierbas variadas que se supone que van bien para todo… A mi no me sirvieron de nada. Así que opté por cosas más radicales:
Un verano de calor horrible y de vecinos que escuchaban música de Bollywood a todo trapo, decidí irme a un monasterio. Sí, sí, a un monasterio. La cosa empezó como una coña con los amigos, hasta que me pasaron una lista de Monasterios de Cataluña que había en Internet y yo pensé: “¿y por qué no?” Y me planté 15 días en un monasterio aislado en la montaña que tenía una parte de hospedaje. La habitaciones eran de lo más sobrio, el baño estaba fuera y para llegar a él tenías que atravesar un pasillo presidido por un cuadro de una chica de mirada inquietante, cuando salías de noche, acojonaba.
Después de la primera noche pensé en salir corriendo de allí, sobre todo cuando las campanas sonaron a las 7 de la mañana, pero no lo hice, me quedé (por huevos, más que nada). La gente que se alojaba allí eran de lo más peculiar: señoras beatas variadas, gente reflexiva, estudiantes desesperados, algún que otro freaky y monjas de otros monasterios de vacaciones. (Guau!) Había una señora irlandesa que escribía poesía mística en Spanglish. Dio un recital, yo no fui porque tenía que hacer la tesis. Ahora me arrepiento, seguro que fue mítico.
Las conversaciones de las comidas eran peculiares y místicas a la vez. La comida era bastante espartana, las acelgas con patatas sin sal de todas las noches eran realmente "deliciosas”. Y para colmo de males estas monjas ¡no hacían postres!, lo más dulce que comíamos era melocotón en almíbar de bote. ¿Cómo es posible? Si yo me fui allí pensando que comería yemas de Santa Teresa...
La primera semana logré trabajar bien, como no tenía nada más que hacer… Pero la segunda me subía por las paredes, necesitaba la civilización, tomar un café con los amigos y reírnos de todo, necesitaba galletas de chocolate y comida con colesterol. Hasta echaba de menos el Bollywood de los vecinos, (bueno, no exageremos). Estaba tan desesperada que me fui a andar por el campo. Con lo poco que me gusta el campo: ese lugar lleno de bichos y plantas portadoras de alergias. Incluso el ordenador se saturó y se quedaba colgado cada dos por tres. Afortunadamente se pasaron los 15 días y unos amigos vinieron a rescatarme y a reírse de mi, (los muy cabrones).

Después de descubrir que la vida monacal no es lo mío y tras sufrir unos años de bloqueo mental, decidí probar con la hipnoterapia. Se trata de una terapia que utiliza la hipnosis para convencer a tu subconsciente de que tienes que hacer algo. Ojo, que la hipnosis no es la historia del péndulo que vemos en las pelis, sino una especie de estado de relajación. La cosa fue bien y en unos días logré escribir tanto como en los meses anteriores. Pero mi odio consciente a la tesis fue más fuerte que mi constancia subconsciente y me volví a bloquear.

Lo último que he hecho ha sido un curso de iniciación al Reiki. Ahora tengo mis chacras conectados con la energía del universo y puedo escuchar a una hormiga andando por la hierba, u oler a una señora con un abrigo impregnado de naftalina al otro lado de un vagón de tren. También pito cuando paso por los detectores de metales. En fin, que si puedo hacer todo eso, también puedo acabar la puta tesis. Yes, I can!

Si esto no funciona, no descarto hacerme Hare Cristna o contactar con el negro que le escribió el libro a Ana Rosa Quintana. Si alguien lo conoce, pasadme su teléfono, por favor.